La mesa

Me gusta soñar con mi papá.  Cuando lo sueño, despierto de buenas y, curiosamente, me dan ganas de limpiar y organizar la casa.  Me queda en el corazón una sensación similar a la de haber recibido una llamada de alguien que está muy lejos.

Stanislaw Lem me ha estado haciendo feliz estos días.  Ciberiada es uno de esos libros que podría leer una y otra vez hasta morir.  Tal vez algún día, cuando confíe lo suficiente en mis capacidades, me decida a ilustrarlo.   Por el momento prefiero dedicarme a su lectura :)

Ayer estaba terminando un dibujo particularmente frustrante, cuando, al levantarme para preparar otra taza de café, miré la mesa donde estaba regado todo mi desmadre y, por alguna razón, todo pareció tener sentido.  Cuando digo “todo” me refiero al mundo, a mi vida, a la existencia de Galleta, etcétera.  Me pareció oportuno tomarle una foto y, después de hacerlo, todo recuperó su insensatez.

Imagino que la intermitencia es una de las características de la claridad puesto que siempre que la alcanzo (o que ella me alcanza a mí) se va.

1:13 am

Los dedos se asoman por el borde de la taza, justo donde antes puse los labios para beber y dejé un poco de brillo color chocolate-y-caramelo.  Hacen señas obscenas pero no me importa mucho.

La criatura horrible que me observa desde el espejo me incomoda mientras me pongo los audífonos, ayer cubrí el portal con post-it’s amarillos pero me arrepentí antes de dormir.  Y los quité.

Bajo a la cocina de puntitas, no me gustaría despertar a nadie.

Reviso la silla antes de sentarme, las patas están un poco maltrechas y no quiero que se desarme bajo mi peso.  Él está sobre la mesa, con la espalda recargada en la pared.  Me mira y sonríe.  Él sabe, siempre sabe.

Sirve dos tazas de té.  Me da una y se queda con la otra, ambos lo tomamos sin azúcar y con leche.

El hombre de ayer se saca el casco de astronauta, lo miramos mientras se lustra la nariz.  Es extraño, cuando lo dibujé no pensé en su cara, nunca imaginé que tendría una nariz tan grande.  Cuando termina se vuelve a poner el casco y regresa a su lugar.

Me levanto para sacar las galletas del horno y, accidentalmente, me derramo un poco de té en el brazo.

30 Day Drawing Challenge

#1. Yourself:

#2. Favorite Animal

#3.  Favorite Food

#4. Favorite Place

#5. My bestfriend

#6. Favorite book character.

(Joe.

Cinco semanas en globo. de Julio Verne.)

#7. Favorite word

Arista

#8. Favorite animated character

Kenshin Himura

#9. Favorite TV Show

Sherlock

#10.  Favorite Candy

#11.  Tourning point in your life

#12.  Most recent accomplishment

#13. Comic.

#14.  Favorite Fairytale

#15.  Family Picture.

#16.  Inspiration

(amor ♥)

#17.  Favorite plant

#18.  Just a doodle

#19.  Something new

#20.  Something Orange

#21.  Something you want

#22.  Something you miss

#23.  Something you need

#24.  A couple

#25.  Scenery.

#26.  Something you don’t like.

#27.   Someone you love.

x.x

Siempre que me da migraña pienso en la muerte.

Porque así debe sentirse morir:

La náusea,

Los estremecimientos del cerebro,

Los aguijones de los colores picoteándome los ojos,

La vibración de cada respiro,

Las venas palpitando en la cabeza,

La consciencia total del mundo

Y del tiempo.

Cuatro, cinco o más veces cada semana, viene el aura

(ese ruido visible, trepidante y denso,

aullido gomoso que se adhiere a la superficie de todo

y que es, por demás, de muy mal agüero).

Luego viene la medicina,

y finalmente (chan chan chan chaaan)

llega la migraña con su tirante ojo izquierdo.

Soy optimista los primeros quince minutos.

Después de la segunda hora comienza a invadirme la certeza de que moriré en cualquier momento.

En cualquier momento.

Puede ser un ladrido de Galleta,

El grosero zumbido del refrigerador,

Un rosa fatalmente anaranjado en mi dibujo,

La bocina del velador (amuleto contra los maleantes, según él, por supuesto),

O el nauseabundo sonido de un beso tronado al otro lado del portón

Lo que va a atravesarme la frente más allá del dolor y moriré.

Instigada por esta certeza, le arranco las ropas a mi vida y la obligo a mirarse al espejo.

Y me siento incómoda.

Pienso, entonces, que he llevado mi vida de una manera errónea.

Que, tal vez, debería salir más seguido,

Hacer esas cosas que a la gente le gustan:

Comprar ropa,

conseguir un celular bonito con cámara y wifi,

ir a beber y a bailar.

(a eso se reduce todo, si somos sinceros)

Y así, me llega la imagen de mí parada en las gradas gritándole a un equipo de fútbol.

Imposible.

Ese pensamiento es tan ridículo que lo descarto con desagrado en el mismo momento en que se gesta y hasta me cuesta trabajo escribirlo sin reír con nerviosismo.

No soy ese tipo de persona.

Nunca lo seré, es la verdad.

Y si pienso en las cosas que nunca haré porque la sola idea me provoca repelús,

surgen un mar de cosas que sí me agradan,

(puedo imaginar que eso pasa por puro instinto de supervivencia y me enorgullezco de mi mente y su rápida respuesta),

Y entonces pienso en Lo que quiero hacer.

Esa cosa que a mucha gente podría parecerle superficial, no tan importante o qué se yo,

pero que para mí es Eso,

es “Lo que tengo que hacer”,

el eslabón perdido entre mi universo y el universo real:

Volar en Parapente.

Pienso en eso y automáticamente todo se apaga.

Creo que también es por el instinto de supervivencia.

Y entonces pienso en el amor.

Eso es muy interesante.

Me hace fijar la vista (no por mucho tiempo porque no quiero quedarme ciega) en mis ecuaciones mentales y órdenes jerárquicas emocionales.

Una explosión afilada que me recorre desde la pupila hasta la nuca me incapacita.

Me echo hacia atrás en el respaldo de la silla y bebo un poco de agua.

Debería ir a recostarme, pero en éstos momentos me aterra la horizontalidad.

6 de enero de 2012. Día de reyes.

No es que tenga miedo de salir de mi casa sólo por que sí. Es que en mi casa soy libre. Puedo pasar días, semanas sin pintar y nadie me molesta. Y cuando pinto, nadie me pregunta por qué pinto esas cosas, nadie trata de formarse una imagen psíquica de mí. Nadie trata de cambiarme, ni habla mientras trato de pensar.

Dispongo completamente de mi tiempo y de mi vida.

Cada día me desplazo en el tiempo y el espacio como cualquier cosa. Cada amanecer bailo con los danzantes africanos y balineses la música nueva de Paul Kalkbrenner y desde el cielo observo los volcanes y subo por la pirámide del sol con Galleta a mi lado. Y a nadie le importa si son horas adecuadas o no.

Invariablemente, cada noche, Fernando Pessoa me regala un largo largo monólogo, mil veces leído, acerca de la vida, la realidad, el amor y la conciencia.

Bebo, en promedio, once tazas de té y nueve de café al día. Nunca leo un sólo libro por vez, leo, generalmente tres. También pinto tres cuadros a la vez. Nunca escucho música mientras leo. Consumo, cada día, entre trece y veinticinco piezas de goma de mascar. Soy vegetariana, hago cinco comidas al día y me gusta comer lo mismo todos los días. Hay semanas en que sólo visto la pijama y ando por toda la casa en calcetines. Y nadie me dice nada.

Mi universo comprende las paredes de mi casa, y sus túneles gusano son los libros y mi computadora.

No me gusta el exterior porque es violento.

Los autos pasan velozmente, con sus motores rugiendo y sus bocinas agudas como un color ocre aplastándome la cabeza. La gente desconocida que camina por las calles o está en lugares cerrados grita, escupe, me tose en la cara, me mira, se empujan unos a otros, se insultan unos a otros, se critican unos a otros, me dicen obsenidades, en menos de una décima de segundo ya se han comparado con la persona que tienen enfrente y le odian. El ruido es para volverse loco. Las personas aglomeradas no tienen piedad. Ven al anciano y lo atropellan, al niño que no encuentra a su madre y lo ignoran, a la madre que perdió al niño y la toman por loca. Mil injusticias pasan a la vista de todos pero nadie se da cuenta.

Por las noches la luz de los autos atraviesa mis pupilas sin compasión, se aloja dolorosamente en el centro de mi cabeza y lanza sus puntas afiladas hacia la zona parietal, la frente y las sienes. Y quema. Nadie presta ayuda a nadie, los autos se abalanzan sobre los peatones como bestias sobre su presa.

¿Cómo ha de gustarme el “afuera de mi casa”, cuando adentro es todo tranquilidad? Cuando adentro es todo tibio, todo cerrar de ojos, todo terracota.

No, no me gusta estar afuera. No me gusta sostener esas conversaciones que me interesan sólo los primeros tres minutos. No me gusta pagar $40.00 mas propina por cada café, si, debido al estrés de estar fuera, cada hora bebo de tres a cuatro tazas. No me gusta que se me presione para participar en una charla, en un baile, en un juego, porque son cosas de las que tenemos derecho a no participar si así lo deseamos.

No me gustan las bromas de gente que no conozco lo suficiente. No me gustan las preguntas personales, y no me gustan los comentarios discriminativos/ofensivos que muchas personas toman por algo divertido y original que automáticamente los vuelve interesantes.

No me gusta que los extraños me toquen o invadan mi espacio personal. Y he notado que la mayoría de las personas no sabe como reaccionar ante la amabilidad y se comportan como animales.

Definitivamente me siento mejor en mi casa. Las personas que entran en ella (cuando alguien llega a venir) son personas a las que respeto, a las que conozco y que nunca se comportarían de forma desagradable y que respetan mi forma de ver la vida y de vivirla.

Yo no tengo nada que probarle a nadie, no me comparo con nadie, no espero nada de nadie.

En mi casa puedo vivir, puedo respirar, puedo ser feliz.

ya pronto

Hoy me desperté más o menos temprano.

Era de día, al menos.

Pero, además de eso, fui solamente la falta total de voluntad.

Quise , pero no pude.

Hice todo lo que no debía,

Y, principalmente, todo lo que no quería.

Y lo que quería, lo olvidé.

Me demostré,

no sé si a propósito,

que los pretextos que me invento, para hacer las cosas que quiero,

son exactamente los mismos

con que me justifico para faltarme a mí misma.

Sí, la duda permanece en su sitio.

Pero empequeñecida en comparación

con el desasosiego

y el más burdo arrepentimiento

de haber vivido

el día de hoy.

Bebo un sorbo de té.

El jengibre siempre me pone de buen humor.

Más si está caliente.

Me confieso a mi misma,

que hoy pensé demasiado en el amor.

Me confieso que también pensé mucho en las cosas reales.

Pensé en los hombres y en las mujeres.

Y escuché la música.

Y me dejé llevar por mi soledad

Y por el recuerdo de los amantes que se fueron.

Y la vida perdió el sentido.

El universo se concentró en mí,

En mi trivialidad

Y mi egoísmo

Y, finalmente, explotó,

Y cada partícula me llevó consigo a los confines de mi propia voluntad.

Y estuve muerta, en mí, durante el tiempo suficiente.

Bebo otro sorbo de té.

Sigo escuchando la música.

Sigo luchando contra el deseo

Y me mantengo en pie.

Bien, ya tendré tiempo para enmendar mis errores,

De consolarme y recuperarme,

Y rehacer, de este amasijo de nadas, el conjunto de mi.

No me voy.

Pero ya pronto.

 

363

Pasa, que cuando el mundo despierta,

Y uno no ha dormido,

El azul es en realidad un color diferente al paladar;

Algo en el aire cambia,

Es más coloidal.

Y el movimiento del universo pesa sobre los párpados.

Pasa,

que cuando las personas terminan sus labores,

y vuelven a sus casas a cenar,

Y uno aún no ha dormido,

La voz amiga estalla

en miles de briznas, chispeantes y agudas,

sobre el negro fondo del ruido del mundo

y de los propios pensamientos.

La realidad, con sus cosas tangibles,

Se condensa:

La Realidad como materia viva.

Y entonces el aire se solidifica.

Y, como arrastrándose sobre cochambre,

viene todo el espectáculo de sombras.

Y el espejo devela soledad,

Esa soledad que nadie comprende,

Porque es la soledad de todo

Volcada en la imagen de mí.

—-

Digo mi nombre y mi voz me recuerda a alguien más.

3

1

Tengo sueño.

De ese sueño que pesa porque anoche no pude dormir.

De ese sueño que es morado y pegajoso y que hasta duele un poco en las articulaciones.

Y que invita al desaseo.

(me provoca náusea y asco escuchar los besos de la gente que se detiene fuera de mi casa.

No es algo más disfrazado de repulsión,

es un asco legítimo,

que viene de la sinestesia, de la decencia y de las bacterias.

Por suerte, a Galleta le disgustan tanto como a mi y sale a amedrentar, con su agudo ladrido, a los sonoros enamorados.)

2

Tomo un sorbo de té.

Hoy tengo ganas de pintar.

Pero como cada día que tengo ganas de pintar,

tengo muchas cosas que hacer

Y no pude dormir.

Y galleta está inquieta.

Cada vez que tengo cosas por hacer

(cosas que en verdad me interesan),

Tengo las otras cosas por hacer,

Cosas triviales, cosas básicas y sin importancia.

Y me siento a la mesa, a ver vencida mi voluntad, mientras bebo té y como galletas y frutos secos.

Mi trabajo sin terminar me mira desde el taller con sus grandes ojos dispuestos por todas partes.

Soy consciente de lo que hago.  O mejor dicho, de lo que no hago.

Lo sé y me avergüenza.

Y se reafirma dentro de mí la certeza de que no sirvo para eso.

De que sirvo para cosas menos demandantes.

Sirvo, por ejemplo, para leer.

Leer me provee del consuelo de no pensar.

Sigo las líneas devotamente,

y conforme las letras aparecen ante mis ojos,

mi mente, de manera automática, recrea cada pasaje visualmente,

hasta los que son meramente abstractos.

No requiere esfuerzo,

Ni conciencia de nada.

No es como soñar despierta,

cosa que hago con frecuencia,

y que requiere cierto grado de creatividad,

Sino que es como caer de una gran altura hacia un suelo inalcanzable,

No tengo que hacer nada más que caer

Y la vertical se encarga del resto.

3

De vez en cuando vivo a alguien más.

Y mi mundo vacío, entonces, se siente lleno de pisadas.

Personalidades nacidas de la ficción literaria o de la ficción de mi vida,

Se sientan sobre mis sillas y charlamos mientras bebemos café con leche.

Otras se recuestan en mi cama y hablan sin parar mientras trato de concentrarme en los ciclos de mi hora de spinning.

Unas cocinan,

otras verbalizan mis pensamientos,

otras manosean los instrumentos de mi taller

y otras más son mis abnegadas inquisidoras.

Esas ocasiones, dotan al miedo de sentido y

Hacen natural al insomnio.

 

galleta sufre el insomnio conmigo.

11:44pm

  1. A veces siento demasiado dolor de cabeza como para vivir.
  2. Se me acaba el combustible. Necesito un poco de amor para el fin de año.
  3. Quisiera un jardín con baobabs.
  4. Y no preocuparme por el mundo.
  5. Muchos sonidos me producen dolor físico.
  6. Todo el tiempo tengo sueño, pero soy insomne.
  7. También soy disléxica.
  8. Los números pares me provocan neurosis, excepto el 42.
  9. Tengo miedo.

 

la triste espera.

Vivo en el lapso de tiempo en el que todavía no pasan las cosas.

Y parece que habito en los capítulos de relleno mi propia historia.

Mi vida es la sala de espera de algo

y el sofá, aunque cómodo,

no es ese algo que estoy esperando.

Es sólo el sofá,

Y sentada en él,

con raíces en los pies

y flores y pájaros en la cabeza,

cuento los pedazos de tiempo que

bailan a mi alrededor.

Y siento que se cae el cielo,

o que yo floto hasta él

y toco lo intangible,

y entre la fantasía me pierdo

(azúl, verde, nada)

y me voy pero me quedo,

porque mi mundo está quieto,

yo estoy quieta,

galleta está quieta,

mi cosmos ha detenido sus misteriosos movimientos

y sólo queda la espera de eso que generalmente me incumbe sólo a mí,

pero que ahora se trata de mi madre

y su salud.

-mi madre

y su salud-

(y aquí es cuando el vecino, a las 4:17 am,

hace sonar la bocina de su coche

Y me trae de vuelta al mundo que no me pertenece)

Y entonces la espera se hace evidente,

Y entonces los días no bailan sino se deslizan

Derretidos y pegajosos

Por el piso de mi casa y por las calles de la ciudad

Y entonces un café no basta

Y no puedo ponerme de pie

Porque las raíces se me atoran

Y el miedo me somete

Y no me queda más que sentarme a esperar

Sin cielo

Sin mundo

Sin cosmos

Sin ganas…

errante. post de cosas que siento sin un gramo de poesía o adorno.

Me inclino más a creer que soy una chispa de presente.

Que el pasado existe sólo en la mente y que el mundo es una ficción.

O un sueño.

O un pensamiento, una idea.

Un accidente biológico, químico, físico,

incluso geométrico o gramático.

No puedo creer que mi existencia sea una verdad universal, porque a nadie le consta.

No puedo creer que exista un ente omnipresente y todopoderoso que nos vigile y nos premie o castigue. No puedo.

No puedo creer en el karma ni en la reencarnación.

No puedo creer que la Tierra sea el único planeta con vida.

Y tampoco puedo creer en los alienígenas de los ovnis.

No puedo creer que las personas que me rodean existan.

Jamás podré creer en lo que me dice la gente (si es que es gente de verdad).

Es fácil darse cuenta

¡No creo!

No .

Estoy sola en mi existencia libre de certezas.

Estoy como única conciencia de mi, flotando en el limbo de las cosas y los seres que no son nada.

Estoy condenada a la duda eterna.

Pero no creo en la eternidad.

Sí pero no.

Hoy no quiero pensar.

Quisiera prender la tele

y dejarme llevar de la mano

por sus opios

a través del camino amarillo

hasta el néctar

de la idiotez

y las menudencias.

Que otros

(cientos de perversas

codiciosas

y depravadas mentes)

piensen por mi

lo que debo de pensar

lo que debo de hacer

lo que debo de vivir.

O podría drogarme (con ahínco)

y pasarme el día

deshebrando un hilo

del inmenso tejido del universo

mientras me baño en la tina

y perfumo mi cabello

y concluir una madeja de nada

al despertar arrugada como pasa,

y creer que creo

en lo que se me dice

y en lo que leo.

O podría hacer las dos cosas al mismo tiempo.

y olvidar que existo

y que me muevo hacia adelante en el tiempo

y que soy células

pero que no quepo en mi cuerpo.

podría olvidar la duda

saber lo digerido

lo encaminado

lo conveniente.

 

Hoy no quiero sentir.

Quisiera un corazón de… lagartija

que no se incendie de dolor

que no extrañe

que no se culpe

que no ame

que no se retuerza bajo el peso mortal de la incertidumbre

ni se pierda en la nada de la soledad.

Quisiera un corazón que bombee la sangre y ya.

porque ese será su perfil de puesto:

Corazón de lagartija,

nunca corazón de mujer.

Así podría verlo sin desearlo, sin amarlo, sin temerle

y sin que me provoque su cuerpo

esta repulsión embriagadora

que me arde

y me atormenta.

Sus besos no serían más

los malvados centinelas

que me mantienen

sometida a su saliva.

Y mis manos podrían negarle una caricia.

Y la vida no perdería el sentido cada vez que se va.

 

Con un corazón de reptil

tampoco recordaría a la abuela,

quien viva, no lo está.

No odiaría a quienes,

por dinero,

desean su muerte.

No pensaría en ella cada noche

ni lloraría lágrimas de impotencia.

No temería a la longevidad.

No rezaría por mi madre

ni confiaría en mi hermano.

Y nunca más pediría consejos a las cenizas de mi padre.

No me indignaría la injusticia

ni me atormentarían la violencia y la guerra.

Podría negarle,

sin culpa,

la ayuda al niño que mendiga.

 

Hoy quisiera no pensar.

quisiera no sentir.

 

Pero pienso

y siento.

 

Y soy eso.

Todo lo que pienso

todo lo que siento

el universo

la fantasía

el sufrimiento

el arrebato

la melancolía.

Eso soy.

Conscientemente o no.

Voluntariamente o no.

 

A quién le importa

salvo a mi

porque a mi me aplasta

o me eleva

porque eso soy.

y eso seré.

hasta

que deje

de serlo.

(y

entonces

moriré.)

 

 

 

Sistema

Te siento

llenándome la mente

con ese bulto grotesco

de nada gris y pegajosa.

 

Te siento

transformando mis sueños

en vómito

y mi alegría

en reproche.

 

Soy insignificante

(no soy insignificante)

Soy insignificante

insustancial.

 

Y me atormentas

me cortas en miles de pedacitos

y no te importa,

lo haces porque sí.

 

Y no me matas.

No me dejas morir.

Tu único deseo

es gangrenar (-nos a todos)