6 de enero de 2012. Día de reyes.

by Mam

No es que tenga miedo de salir de mi casa sólo por que sí. Es que en mi casa soy libre. Puedo pasar días, semanas sin pintar y nadie me molesta. Y cuando pinto, nadie me pregunta por qué pinto esas cosas, nadie trata de formarse una imagen psíquica de mí. Nadie trata de cambiarme, ni habla mientras trato de pensar.

Dispongo completamente de mi tiempo y de mi vida.

Cada día me desplazo en el tiempo y el espacio como cualquier cosa. Cada amanecer bailo con los danzantes africanos y balineses la música nueva de Paul Kalkbrenner y desde el cielo observo los volcanes y subo por la pirámide del sol con Galleta a mi lado. Y a nadie le importa si son horas adecuadas o no.

Invariablemente, cada noche, Fernando Pessoa me regala un largo largo monólogo, mil veces leído, acerca de la vida, la realidad, el amor y la conciencia.

Bebo, en promedio, once tazas de té y nueve de café al día. Nunca leo un sólo libro por vez, leo, generalmente tres. También pinto tres cuadros a la vez. Nunca escucho música mientras leo. Consumo, cada día, entre trece y veinticinco piezas de goma de mascar. Soy vegetariana, hago cinco comidas al día y me gusta comer lo mismo todos los días. Hay semanas en que sólo visto la pijama y ando por toda la casa en calcetines. Y nadie me dice nada.

Mi universo comprende las paredes de mi casa, y sus túneles gusano son los libros y mi computadora.

No me gusta el exterior porque es violento.

Los autos pasan velozmente, con sus motores rugiendo y sus bocinas agudas como un color ocre aplastándome la cabeza. La gente desconocida que camina por las calles o está en lugares cerrados grita, escupe, me tose en la cara, me mira, se empujan unos a otros, se insultan unos a otros, se critican unos a otros, me dicen obsenidades, en menos de una décima de segundo ya se han comparado con la persona que tienen enfrente y le odian. El ruido es para volverse loco. Las personas aglomeradas no tienen piedad. Ven al anciano y lo atropellan, al niño que no encuentra a su madre y lo ignoran, a la madre que perdió al niño y la toman por loca. Mil injusticias pasan a la vista de todos pero nadie se da cuenta.

Por las noches la luz de los autos atraviesa mis pupilas sin compasión, se aloja dolorosamente en el centro de mi cabeza y lanza sus puntas afiladas hacia la zona parietal, la frente y las sienes. Y quema. Nadie presta ayuda a nadie, los autos se abalanzan sobre los peatones como bestias sobre su presa.

¿Cómo ha de gustarme el “afuera de mi casa”, cuando adentro es todo tranquilidad? Cuando adentro es todo tibio, todo cerrar de ojos, todo terracota.

No, no me gusta estar afuera. No me gusta sostener esas conversaciones que me interesan sólo los primeros tres minutos. No me gusta pagar $40.00 mas propina por cada café, si, debido al estrés de estar fuera, cada hora bebo de tres a cuatro tazas. No me gusta que se me presione para participar en una charla, en un baile, en un juego, porque son cosas de las que tenemos derecho a no participar si así lo deseamos.

No me gustan las bromas de gente que no conozco lo suficiente. No me gustan las preguntas personales, y no me gustan los comentarios discriminativos/ofensivos que muchas personas toman por algo divertido y original que automáticamente los vuelve interesantes.

No me gusta que los extraños me toquen o invadan mi espacio personal. Y he notado que la mayoría de las personas no sabe como reaccionar ante la amabilidad y se comportan como animales.

Definitivamente me siento mejor en mi casa. Las personas que entran en ella (cuando alguien llega a venir) son personas a las que respeto, a las que conozco y que nunca se comportarían de forma desagradable y que respetan mi forma de ver la vida y de vivirla.

Yo no tengo nada que probarle a nadie, no me comparo con nadie, no espero nada de nadie.

En mi casa puedo vivir, puedo respirar, puedo ser feliz.

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