x.x
by Mam
Siempre que me da migraña pienso en la muerte.
Porque así debe sentirse morir:
La náusea,
Los estremecimientos del cerebro,
Los aguijones de los colores picoteándome los ojos,
La vibración de cada respiro,
Las venas palpitando en la cabeza,
La consciencia total del mundo
Y del tiempo.
Cuatro, cinco o más veces cada semana, viene el aura
(ese ruido visible, trepidante y denso,
aullido gomoso que se adhiere a la superficie de todo
y que es, por demás, de muy mal agüero).
Luego viene la medicina,
y finalmente (chan chan chan chaaan)
llega la migraña con su tirante ojo izquierdo.
Soy optimista los primeros quince minutos.
Después de la segunda hora comienza a invadirme la certeza de que moriré en cualquier momento.
En cualquier momento.
Puede ser un ladrido de Galleta,
El grosero zumbido del refrigerador,
Un rosa fatalmente anaranjado en mi dibujo,
La bocina del velador (amuleto contra los maleantes, según él, por supuesto),
O el nauseabundo sonido de un beso tronado al otro lado del portón
Lo que va a atravesarme la frente más allá del dolor y moriré.
Instigada por esta certeza, le arranco las ropas a mi vida y la obligo a mirarse al espejo.
Y me siento incómoda.
Pienso, entonces, que he llevado mi vida de una manera errónea.
Que, tal vez, debería salir más seguido,
Hacer esas cosas que a la gente le gustan:
Comprar ropa,
conseguir un celular bonito con cámara y wifi,
ir a beber y a bailar.
(a eso se reduce todo, si somos sinceros)
Y así, me llega la imagen de mí parada en las gradas gritándole a un equipo de fútbol.
Imposible.
Ese pensamiento es tan ridículo que lo descarto con desagrado en el mismo momento en que se gesta y hasta me cuesta trabajo escribirlo sin reír con nerviosismo.
No soy ese tipo de persona.
Nunca lo seré, es la verdad.
Y si pienso en las cosas que nunca haré porque la sola idea me provoca repelús,
surgen un mar de cosas que sí me agradan,
(puedo imaginar que eso pasa por puro instinto de supervivencia y me enorgullezco de mi mente y su rápida respuesta),
Y entonces pienso en Lo que quiero hacer.
Esa cosa que a mucha gente podría parecerle superficial, no tan importante o qué se yo,
pero que para mí es Eso,
es “Lo que tengo que hacer”,
el eslabón perdido entre mi universo y el universo real:
Volar en Parapente.
Pienso en eso y automáticamente todo se apaga.
Creo que también es por el instinto de supervivencia.
Y entonces pienso en el amor.
Eso es muy interesante.
Me hace fijar la vista (no por mucho tiempo porque no quiero quedarme ciega) en mis ecuaciones mentales y órdenes jerárquicas emocionales.
Una explosión afilada que me recorre desde la pupila hasta la nuca me incapacita.
Me echo hacia atrás en el respaldo de la silla y bebo un poco de agua.
Debería ir a recostarme, pero en éstos momentos me aterra la horizontalidad.
