La mesa
Me gusta soñar con mi papá. Cuando lo sueño, despierto de buenas y, curiosamente, me dan ganas de limpiar y organizar la casa. Me queda en el corazón una sensación similar a la de haber recibido una llamada de alguien que está muy lejos.
Stanislaw Lem me ha estado haciendo feliz estos días. Ciberiada es uno de esos libros que podría leer una y otra vez hasta morir. Tal vez algún día, cuando confíe lo suficiente en mis capacidades, me decida a ilustrarlo. Por el momento prefiero dedicarme a su lectura
Ayer estaba terminando un dibujo particularmente frustrante, cuando, al levantarme para preparar otra taza de café, miré la mesa donde estaba regado todo mi desmadre y, por alguna razón, todo pareció tener sentido. Cuando digo “todo” me refiero al mundo, a mi vida, a la existencia de Galleta, etcétera. Me pareció oportuno tomarle una foto y, después de hacerlo, todo recuperó su insensatez.
Imagino que la intermitencia es una de las características de la claridad puesto que siempre que la alcanzo (o que ella me alcanza a mí) se va.

