Huyendo del Xibalbá

Mam huyendo del Xibalbá, con todo y perro.

perorata de las cuatro y media de la mañana

 

He cambiado tanto, y estoy por cambiar todavía más.

Pero el mundo es tan complicado.  Toda esa red de pequeñas cosas tan importantes, en cada punto del tiempo y del espacio, todo el pensamiento y la materia.  Todo es consecuencia de todo y, al mismo tiempo, la razón de algo más.

A veces, en el tiempo que dura un parpadeo, desde algún lejano lugar en la mente o el alma, llega la claridad, pero no así la paz.

Entender no es estar en paz.

La paz sólo se alcanza cuando uno es libre desde adentro.

Pienso en la libertad y entonces veo el rostro de mi madre, el de mi hermano, el de las personas a quienes les importo.  Creo que vivir en el corazón de alguien más nos mantiene cautivos.  Siempre sacrificaremos algo de individualidad en pos del reconocimiento, afecto o satisfacción de aquel que nos quiere, aunque, en teoría, no debería ser así.

Sí.  Soy alguien más.  Soy mente y soy cuerpo, y estas dos cosas no se corresponden.  Mi cuerpo no puede seguirle el paso a mi mente y mi mente lo está destrozando poco a poco.  La consecuencia de éste abuso, es que mi cuerpo se resiste y cuando trato de dormir, no me lo permite.

Ahora, mientras escribo, me queda claro que aún existen, en mi alma, reminiscencias de aquel desprecio a la fragilidad de mi cuerpo, fragilidad que durante mucho tiempo, mantuvo relegada a mi identidad dentro de mi mente.

Ahora sé que mi mente es igualmente frágil y no tengo nada a qué aferrarme excepto a la consciencia cotidiana de mí.  Consciencia que podría desaparecer un día y entonces yo ya no sería yo, sino un cadáver o un cuerpo en estado vegetativo.

Bueno, el caso es que no puedo dormir y me siento decepcionada de mí y del mundo y profundamente indignada y triste porque me siento incapaz de hacer algo para mejorar el estado en que nos encontramos.

Y se que al rato (si es que logro dormir un poco) despertaré otra vez con migraña y sin ser mejor en ningún sentido.  A menos que…

Cuando pienso en la gracia de Dios, pienso en los brazos de mi Padre.

las cuatro aeme

Estoy sin dormir.

Hoy me esforcé mucho en una ilustración y no me satisface.  Creo que entre más me esfuerzo, menos satisfecha estoy al final y me siento más cansada.

La calle está llena de vida a esta hora.  No sé por qué, pero eso me deprime un poco.   Pienso en las casas de mis vecinos, en su hora de despertar, en sus rutinas.  No los conozco.  A ninguno.  Pero les he dado vida dentro de mi cabeza y tienen miles de historias en mi universo.

Lo que sé con certeza es que son igual de antipáticos que yo.  Igual de paranoicos que yo, o tal vez un poco más, porque tienen más cerraduras en las puertas y le ponen cadenas al zaguán.

Pienso en los que son padres.  Pienso en la que tiene al gato que viene a orinar mis plantas.  Pienso en los que están muertos.  O locos.  Y en sus retorcidos secretos.

No me gustan.  Pero no los odio.  Y estoy segura de que tampoco les gusto a ellos.  A ninguno.

Hay un vecino que tiene una hermosa voz, pero siempre dice cosas horribles.  Lo escucho porque la ventana de mi baño da hacia su casa y a la gente, generalmente, no le importa controlar el volumen de su voz, especialmente cuando está en su casa.  Creo que es una lástima.

Cierro la puerta del baño.  El vecino y su voz desaparecen por arte de magia.

Encontré una memoria micro SD que pensé que había perdido y volví a ver fotos que tomé, al parecer, en otra vida.  He cambiado completamente.  No reconozco a ninguna persona de las que aparecen ahí conmigo.  Todos hemos cambiado tanto que me pregunto si seguimos existiendo o hemos muerto y vuelto a nacer.

Voy a ignorar lo que pienso, porque los errores sólo deber servir para aprender, no para lamentarse.  Me gusta quien soy ahora.  Soy lo que quería ser cuando era una niña.  Pero no me satisface.  Me he dibujado con esfuerzo todos estos años y sigo, de alguna forma, incompleta.

No importa.

Ese gatito de arriba es Yoda, su historia involucra a una persona despiadada que lo abandonó y torturó cuando todavía estaba cubierto de pelusilla y no había abierto todavía los ojos, y a una persona bondadosa que lo rescató y me lo entregó.

Yoda caminaba siempre detrás de mí y a veces parecía querer hablar.  Es un buen gato y estoy segura de que está bien allá con su esposa y sus hijitos.

Ah, sí, me acordé de este poema, por obvias razones, buenos días:

Las cuatro de la madrugada.

(de Wislawa Szymborska)

Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.

Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.
Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.

(ya son las 5:14am ♥)

Los Gigantes.

El sillón de la casa de mi nona, rojo aún a pesar de las tinieblas.

La vieja casa, allá donde comenzó lo que tenía que comenzar.

La sombra de los árboles se proyectaba en los muros,

corriendo,

de izquierda a derecha, sobre los cuadros y el yeso desnudo,

una y otra vez,

la secuencia interminable de árboles que corren por la sala.

En la esquina,

El hueco entre el sillón y la pared.

La mano.

El ojo.

Los dientes.

Trataba de ignorarlo.

Me concentraba, con todas mis fuerzas, en el tapiz enmarcado que era, más bien, la fotografía de un bosque.

El bosque.

Esos troncos que, tal vez, eran los mismos sobre los que estaba mi vaso de leche.

Todos estaban contentos.

Cantaban.

“que viene la primavera…”

Voces roncas

“esperamos para que llueva…”

y puños cerrados golpeando a ritmo la gran mesa.

“pagamos a la partera

Para que asuste a la pantera

Y nos vacía la cartera”

Las barbas adornadas con gotitas de cerveza,

como el rocío dulce

brillando en las espinas de miles de cactus.

Clavadas, en las altas paredes de madera,

Miraban al abismo,

Las cabezas de venados y osos

Que alguien, alguna vez cazó y disecó.

Pero ellos no fueron.

Estos hombres grandes y ruidosos

Sólo cantaban,

No matarían.

Los gigantes

Eran felices.

Yo era feliz.

Y al otro lado de la ventana,

Unos patos,

enormes también,

Volaban.

La existencia me oprime sin piedad.

Estoy sujeta a su sangre y a sus dimensiones.

Soy su esclava, vivo en ella.

 

.

Es ésto de ser humana.

Es como un laberinto en espiral hacia centro del corazón.

Es ser y ser y siempre seguir siendo.

 

Mi mundo

duerme

en su tibio nido

de algodón de azúcar.

Cuando

las ballenas

no le revolotean

alrededor

con sus canciones

y sus alas

de flores.

 

Hoy pienso comerme una caja de corn pops y una bolsa de cacahuates japoneses.  Es día del niño (n_n) ♥

el escalofriante sueño de la montaña.

Una mañana tuve un sueño escalofriante en el que yo era una montaña muy alta y muy angosta.  Mis faldas se sumergían en las aguas platinadas de un lago tan profundo que nada, absolutamente nada, podía llegar al fondo, en él habitaba sólo la oscuridad sin tiempo.

La vegetación crecía en toda mi superficie, los árboles incrustaban sus punzantes raíces en mi cara de ladera.  A veces, algunas frutas, caían de sus ramas directamente al lago y se perdían para siempre.

En mi cima, rodeado de flores, habitaba un anciano mago que había construido una cabaña de estrellas gracias a sus hechizos, pero, a pesar de que era muy sabio, éste mago creía que estaba solo.

Pasaba sus días y noches en silencio.  Por la mañana salía de su cabaña, caminaba un rato y luego se sentaba sobre una roca, mirando hacia el oeste, para meditar hasta que atardecía y el sol le brillaba sin piedad en la cara.  Comía una o dos frutas que recogía del suelo y después regresaba a dormir a su cabaña.

Así había sido, día tras día, año tras año, tal vez durante muchos siglos.

Hasta que un día, confundida, me preguntaba si de verdad aquel mago anciano vivía en mi cima, o si existía algún mago siquiera.

Yo no podía saberlo.

Desesperada, intentaba obtener alguna prueba de su existencia por cualquier medio que me fuera posible.  Como montaña, éstos medios eran escasos y requerían un tremendo esfuerzo.

Me sacudía un poco, de vez en cuando, esperando escuchar alguna exclamación, o sentir algo fuera de esos pasos de rutina.

Me encogía o me estiraba.  Retumbaba quejumbrosamente desde mi centro.  Alguna vez, incluso a pesar de que era tan doloroso, había llegado a tirar un árbol o dos.  Pero nada ocurría.

El anciano mago, si es que existía, no vacilaba un paso, ni emitía sonido alguno.

Las horas comenzaban a hacerse insoportablemente largas y, la duda y la desesperación me atormentaban.  Algunas piedras se me soltaban y caían al lago por culpa del desasosiego y la crispación.

A causa de mi naturaleza de montaña, estaba inmóvil, y ésta inmovilidad me estaba matando, necesitaba, con toda el alma, arrancar, de mi cuerpo megalítico, dos largos brazos de tierra y raíces y arrancar de mi cima esa dudosa cabaña, hurgar en su interior en busca del mago y terminar con esa incertidumbre que me dominaba.

Finalmente, derrotada, cansada y dolorida, exhalaba, desde el último trocito de esperanza que me quedaba dos palabras:

“Ayúdame, Mago”.

Entonces sucedía.  El mago, al escuchar éstas palabras salir de algún lugar de la montaña en que habitaba, solo, hacía tanto tiempo, perdía el sentido de todo lo que le rodeaba.  No era posible.  Tanto tiempo en viviendo en soledad le había descompuesto la cabeza, le había arrastrado a ese único padecimiento humano que temía: la locura.

Así, que por primera y última vez sentía sus pasos sobre mi piel de hierba.  El mago corría hacia la ladera que era mi cara y se lanzaba al lago en un arranque de desesperación suicida.

Durante unos segundos, mientras él caía hacia el abismo infinito, podíamos mirarnos.  En sus ojos veía mi propia existencia incierta y nebulosa flotando de vuelta a mi cuerpo humano, cansado y dolorido también, pero quizá un poco más real a medida en que iba despertando.

Miré las palmas de mis manos, frente a mi estaba mi taza de café, todavía caliente.