Me siento mentalmente atada.
Es como si la brisa se condensara a mi alrededor,
Me asfixio dentro de mi cuerpo.
Voy dando tumbos dentro del cráneo de un pez.
Estoy encadenada en centro de la tierra,
Flotando en el núcleo,
Amortajada con varias capas de pan blanco.
Y mis lágrimas son tibias gotas de aceite.
Estaba sentado en una vieja silla de madera, a su lado, el tablero y las piezas abandonadas en medio de una partida complicada, descansaban sobre la rústica mesita, también de madera. Era un hombre mayor, de aspecto fiero, su oponente en el juego era una niña de cabello crespo recogido en una media coleta con un moño de listón.
Ambos estaban en silencio, miraban en dirección a donde debía estar el horizonte, pero sólo estaba la espesa niebla, cubriendo con sus velos de novia todo lo que existía. Velo sobre velo, hasta que era casi imposible ver algo a más de unos pasos de distancia.
El agua salada les mojaba las rodillas y el trasero con cada ola ligera. El mar estaba muy tranquilo, sumiso ante la niebla que pesaba sobre él como el mundo entero.
Tenían una silla reservada para mi, justo entre los dos, de frente a la nada. Trataba de mantener el equilibrio mientras avanzaba por la playa, la tetera caliente y las tres tazas con sus respectivos platitos, cucharas y servilletas, se balanceaba, aún en contra de mi voluntad, sobre mis manos. No podía asegurarla, tomándola con fuerza de los lados, porque las olas me empujaban y me veía forzada a hacer movimientos bruscos para no caer de cara sobre el agua.
Caminaba y caminaba. Las crestas del agua iban trepando sobre mi cuerpo conforme me alejaba de la playa y me adentraba en el mar. Tobillos primero, luego las pantorrillas, después las rodillas, los muslos, la cadera, la cintura. Entre más trataba de acercarme, más lejos se encontraban. La distancia parecía crecer entre nosotros en lugar de reducirse. Me hundía más a cada paso pero ellos se mantenían bajo el agua sólo hasta el asiento de la silla, inmóviles, inconscientes de lo que se obraba a su alrededor.
Eran dos estatuas lejanas con las piernas enterradas en la arena de un desierto blanco y gris.
En el silencio tintineaban las tazas sobre la bandeja que llevaba por encima de la cabeza. El agua, que me cubría ya a la altura del pecho, era un enredo de suaves y livianas telas que se extendía hasta el final del mundo. Caminaba, descalza, entre ellas. A veces, al rozarse entre sí, emitían pequeñas descargas eléctricas, como diminutos relámpagos azules entre tanto gris, blanco y gris.
Tenía miedo de derramar el té. Pero me disgustaba más la idea de que se enfriase. No me miraban. El hombre y la niña tenían la mirada puesta en la niebla infinita y nada más.
No sé cuánto tiempo llevaban ahí. Una pátina opaca les cubría la cabeza, los hombros y las piernas, se hacía más densa entre los pliegues de sus ropas y junto a las bases de las piezas sobre el tablero. El juego que parecía eternamente emocionante. Ahí a contraluz, visible apenas entre la niebla, cada pieza era una construcción gigante, el tablero era una ciudad.
Los edificios, antaño pulidos y brillantes, eran sólo la extensión gris de las calles grises y sus habitantes grises. Nadie recordaba ya el tiempo en que todo perdió color. Incluso los reyes y las reinas portaban coronas opacas y polvorientas sobre sus nobles cabezas canosas.
En la parte más alta de la torre que se encontraba en la esquina h8, existía, a duras penas, la sombra de una dibujante lejana, que sobre el gris restirador, bajo la gris lámpara, trazaba, con delgadas líneas grises, la silueta de un hombre mayor que tomaba el té en la playa con una niña y una mujer de cabello rizado. Sobre la mesa, una bandeja de plata sostenida por las piezas de un viejo ajedrez, y entre ellos, hasta el fin del mundo, la niebla densa y húmeda, y el vapor nacido en cada taza de té.
Es difícil.
¿Cómo se escribe algo así?.
Estoy harta del dolor. De los calambres. La náusea.
Hoy estuve a punto de llorar frente a mi mamá y mi hermano porque los calambres no cesaban. Todavía los siento, siento todos los músculos de mis piernas contraerse en pequeños espasmos dolorosos.
Los siento en mis manos también, en los antebrazos.
Estoy cansada.
Esta semana ha sido horrible.
Esta semana yo no he sido yo sino una masa tambaleante y temblorosa, que apenas puede respirar entre arcadas, espasmos y el recuerdo de un padre que ya no está.
Se me acaba el tiempo…
pero sólo abrazo a Galleta y cierro los ojos sin poder dormir, y el día repta por la ventana.